Escribo este artículo recién rechazada. Literal. Acabo de leer el mensaje de “no vas a continuar en el proceso” y en vez de cerrar todo y meterme debajo de las cobijas, abrí esto. Porque ya no sé qué más hacer con esta frustración que no sea escribirla.
Llevo meses buscando trabajo. Meses. Y si nunca has pasado por esto, déjame explicarte lo que se siente: imagina que estás esperando que alguien te abra una puerta, pero cada vez que tocas, nadie contesta. O peor, te abren, te hacen pasar, te sientan, te ofrecen agua, y cuando ya te estás acomodando te dicen “ah no, era la puerta de al lado”.
El ciclo que te desgasta
Mandar hojas de vida se vuelve un trabajo de tiempo completo. Un trabajo que no te paga. Te sientas, revisas ofertas, adaptas tu hoja de vida, la envías y esperas. Esperas un día. Dos. Una semana. Dos semanas. Y muchas veces no llega nada. Ni un “recibimos tu aplicación”. Ni un “gracias pero no”. Nada. El silencio administrativo es de las cosas que más duelen, porque ni siquiera te dan la oportunidad de saber por qué no.
Y cuando sí te contestan, empieza otro víacrucis: primera entrevista, segunda entrevista, prueba técnica, prueba psicotécnica, entrevista con el jefe, entrevista con el jefe del jefe. Un proceso de selección más largo que una telenovela turca. Y al final, después de todo eso, puede que te digan que no. O peor: que no te digan nada.
El rechazo que me hizo llorar a mares
Ya me han dicho que no varias veces. Pero hay un “no” que me marcó.
Apliqué a una agencia de marketing. El trabajo era remoto. Me hicieron dos entrevistas con el área de talento humano y pasé las dos. Después de esas entrevistas me dieron absolutamente todo: cuánto iba a ganar, mi horario, los días libres, me explicaron cómo funcionaba la empresa. Básicamente ya estaba dentro. Solo faltaba que me mandaran el contrato.
Yo ya me sentía empleada. Sentía mucha tranquilidad. Estaba planeando cómo organizar mis días.
Mientras organizaban el contrato, la chica de talento humano me dijo que el jefe me quería conocer. Una reunión de formalidad, me dijeron. Una especie de empalme. Que me conectara tranquila, con la actitud de siempre, que no era ninguna prueba.
Y ahí fue cuando el jefe me dijo: “Vane, esto era una formalidad, pero te quiero decir que no vas a continuar en el proceso.”
Me explicó que los de talento humano no estaban sabiendo elegir a los profesionales. Que yo no era el perfil que él necesitaba. Que me esforzara un poco más, que le escribiera por WhatsApp en unos cuatro meses cuando ya fuera “el perfil adecuado” y que él me daría una oportunidad.
Cuatro meses. Como si yo pudiera pausar mi vida y esperar. Como si pudiera conseguir la experiencia que él necesita así de la nada en cuatro meses.
Yo ya llevaba varias semanas buscando trabajo. Estaba angustiada porque estaba próxima a graduarme de la universidad y necesitaba pagar los derechos de grado, mi ropita, los zapatos, todo lo que te hace tanta ilusión de la graduación. Mi abuelita acababa de fallecer hacía muy poco. Mi perro estaba enfermo. Y justo en ese momento me quedaba sin trabajo y básicamente sin plata porque no tenía ahorros. Todo estaba pasando al mismo tiempo.
Cerré esa videollamada y lloré. Lloré mucho. No de esas lloradas bonitas en las que se te sale una lágrima y te ves toda triste pero elegante. No. Mocos, rabia, impotencia. Me tiré en la cama y decía: ¿por qué? ¿Qué hay tan malo en mí? Creo que ese fue el momento en que peor me sentí.
Después me limpié la cara y le tuve que empezar a decir a todo el mundo: “ah sí, no se dio, pero bueno, ¿qué más vamos a hacer?”. Por fuera finges. Por dentro estás supremamente deprimida.
Sentirse una carga
Yo siempre he sido independiente financieramente. Acostumbrada a ganar mi plata, a gastar en lo que quisiera, a no pedirle nada a nadie. Esa libertad de decir “me quiero comprar esto” y comprarlo porque te lo ganaste tú.
Cuando llevas meses sin trabajo, eso se acaba. Los ahorros no son eternos. Y llega un punto en que tus papás tienen que ayudarte. Y sí, tengo la fortuna de que ellos están ahí y me apoyan, y soy muy consciente de que no todo el mundo tiene eso. Pero eso no quita que duela.
Duele porque ya eres una persona adulta. Ya te graduaste. Ya tuviste empleos. Ya demostraste que puedes. Y de repente estás ahí, otra vez necesitando ayuda. Sintiendo que te frenaste. Sintiendo que los frenaste a ellos. Y esa culpa silenciosa te come por dentro, aunque nadie te la eche en cara.
Intenté de todo
Hubo una temporada en la que dejé de buscar. Me cansé. Me aburrí de que me rechazaran. Dije “listo, no más” y paré.
Después intenté la independencia. Dije “voy a hacer esto por mi cuenta”. Pero cuando no tienes las herramientas, cuando no tienes el capital, cuando las cosas no salen como te las imaginaste, te frustras de otra manera. Porque ya no solo es que no te contraten, sino que lo que intentas hacer por tu cuenta tampoco funciona como querías.
Y después volví a mandar hojas de vida. A diestra y siniestra. Otra vez los procesos. Otra vez los silencios. Otra vez los no. El ciclo se repite y tú ahí, sin saber cuántas vueltas más te faltan.
No me quiero imaginar cómo se siente cuando es peor
Yo me siento mal. Sí. Pero yo tengo a mis papás. Yo tengo un techo. Yo tengo comida. Yo no tengo hijos que dependan de mí.
Y cuando pienso en eso, me imagino a la persona que es cabeza de hogar, que tiene dos o tres niños, que depende de ese empleo que lleva semanas esperando. Que no tiene ahorros. Que no tiene quién la ayude. Si yo siento decepción, esa persona debe sentir desesperación. Y eso me pone los pies en la tierra, pero también me parte el alma.
Porque el desempleo no es solo una cifra en las noticias. Es gente real aguantando, estirando lo poco que tiene, inventando cómo llegar al final del mes.
¿Qué me está enseñando esto?
Dicen que cada “no” te acerca más al “sí”. Y yo me pregunto: ¿cuántos no tengo que aguantar?
A veces pienso que la vida me está tratando de enseñar algo que yo no estoy viendo. Que hay algo que tengo que cambiar, algo que tengo que hacer diferente, un camino que no estoy tomando. Pero otras veces pienso que simplemente el mercado laboral está difícil, que son 300 postulados para un puesto, y que no siempre es personal. Aunque se sienta muy personal.
Lo único que sé es que estudiar sirve, prepararse sirve, tener experiencia sirve, pero nada de eso te garantiza nada. Y eso es duro de aceptar.
Escribo esto para no sentirme sola en esto
Este artículo no tiene consejo. No tiene solución. No tiene final feliz. Es simplemente lo que se siente estar desempleada en este momento, contado con honestidad.
Y si tú también estás pasando por esto, o ya lo pasaste, o conoces a alguien que lo está viviendo, cuéntame por acá. ¿Cuánto tiempo has estado sin trabajo? ¿Cómo te has sentido? ¿Qué has hecho para aguantar? Porque a veces solo necesitas saber que no eres la única persona pasando por esto. Y hoy yo necesito saberlo.

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