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Experiencias paranormales en una empresa al lado del cementerio

Hay una empresa en un pueblo de Caldas que tiene un vecino particular: el cementerio. Literalmente al lado. Separados por una pared. Y durante el día nadie le presta atención. Es una empresa textil, una bodega grande llena de máquinas, telas y rollos. Gente entrando y saliendo. Ruido. Movimiento. Normal.

Pero de noche, esa empresa es otra cosa.

Hubo una temporada en la que había tanto trabajo que a algunos empleados les tocaba quedarse en el turno de noche. No hablamos de veinte personas. No hablamos ni de cinco. Dejaban a una. Máximo dos. Solas. En una bodega enorme. Al lado de un cementerio. De noche.

Y los encerraban.

Sí, por seguridad los dejaban bajo llave. Tenían una copia para salir si era necesario, pero nadie podía entrar desde afuera. Eso es importante. Recuérdalo.


Lo que empezó a pasar

Al principio eran cosas pequeñas. Un ruido acá. Un golpe allá. “Será un ratón”, decían. “Será el viento”, se repetían. Pero los ratones no se ríen. Y el viento no te llama por tu nombre.

Las personas que se quedaban de noche empezaron a reportar lo mismo, sin haberse puesto de acuerdo:

Escuchaban risas. No risas lejanas. Risas dentro de la bodega. Como si alguien estuviera parado en el pasillo de al lado riéndose bajito.

Escuchaban pasos. Pasos claros, firmes, como de alguien caminando con zapatos sobre el piso de concreto. Se acercaban. Se alejaban. A veces se detenían justo detrás de ellos.

Sentían que los tocaban. Un toque en el hombro. Un dedo recorriéndoles la nuca. Un soplo en la oreja, tan cerca que sentían el aire frío. Se volteaban y no había nadie. Nunca había nadie.

Y lo peor: los llamaban. Escuchaban su propio nombre desde el otro lado de la bodega. Claro. Nítido. Con una voz que conocían, a veces la de un compañero, a veces la de alguien que ya no trabajaba ahí. Pero estaban solos. Encerrados. Solos.


La noche de Ramón y Ramona

Una noche se quedaron dos personas de áreas diferentes. Los vamos a llamar Ramón y Ramona. Cada uno estaba en su zona de la bodega, trabajando.

Ramón empezó a escuchar pasos. Pero no pasos normales. Alguien estaba corriendo. Rápido. Por el pasillo central. Los pies golpeando el concreto con fuerza, como si estuvieran huyendo de algo.

“Ramona, ¿eres tú?”, gritó.

Nada. Los pasos pararon de golpe.

Ramón se paró y fue a buscarla. Caminó por toda la bodega llamándola. Revisó pasillo por pasillo entre las máquinas, con esa luz blanca de neón que de noche hace que todo se vea peor. La encontró en el baño, al otro extremo de la planta. Llevaba ahí un buen rato.

“¿Estabas corriendo?”, le preguntó.

“No. Estoy aquí desde hace rato. ¿Por qué?”

No alcanzó a responder.

Los dos, juntos, parados en medio de la bodega, escucharon los pasos de nuevo. Empezaron al fondo del pasillo. Lentos. Uno. Dos. Tres. Y de repente, arrancaron a correr directo hacia ellos.

Ramón y Ramona salieron disparados. Corrieron hasta la puerta, sacaron la llave con las manos temblando, abrieron y no volvieron a entrar esa noche. Dejaron todo prendido. Las máquinas, las luces, todo. No les importó.

Cuando contaron lo que pasó, nadie se sorprendió. Porque a todos les había pasado algo parecido. Todos habían sentido lo mismo. Solo que nadie quería ser el primero en decirlo.


Nadie se queda de noche

Después de esa temporada, fueron tantas las quejas que la empresa dejó de programar turnos nocturnos. No importa cuánto trabajo haya. No importa cuánto paguen. No importa lo que digan los jefes.

Ningún empleado está dispuesto a quedarse de noche en esa bodega.

Y si me preguntan a mí, los entiendo perfectamente. Porque una cosa es que te cuenten una historia de terror. Y otra muy distinta es que te llamen por tu nombre en una bodega vacía, encerrado, al lado de un cementerio.

A mí no me pagan lo suficiente para eso. ¿A ti?

Si conoces historias así de tu trabajo, cuéntame por acá. Me encantaría saber que no solo pasa en este pueblo.

Vanessa
Vanessa
Detrás de cada historia hay alguien que dice: a mí también me pasó.

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